Miedos infantiles

El miedo es una característica normal del desarrollo infantil. Los miedos suelen alcanzar su punto máximo entre los 4 y los 7 años y, a partir de ahí, comienzan a disminuir.

El miedo, en principio, no es perjudicial, ya que cumple una función de supervivencia. Es un instinto básico y, por tanto, es natural. Las sensaciones que el niño vive como desagradables sirven para apartarle de peligros potenciales, para evitar que se exponga a situaciones de riesgo: el miedo a caerse, a acercarse a ciertos animales, a entrar en sitios oscuros… Gran parte de los miedos infantiles son pasajeros y desaparecen paulatinamente a medida que el niño va creciendo.

El problema es cuando el miedo se mantiene de forma repetitiva, ya que genera un estado de alerta constante, de tensión y desgaste físico. Cuando este miedo es desadaptativo, es decir, cuando no obedece a ninguna causa real de peligro potencial o se sobrevaloran las posibles consecuencias, el resultado es un enorme sufrimiento por parte del niño que lo padece y de sus padres.

El miedo puede, de esta forma, alterar la capacidad del niño para afrontar situaciones cotidianas (ir a dormir, ir a la escuela, estar solo, etc.). Podemos hablar, entonces, de “miedos patológicos”, que pueden derivar, si no se tratan de la forma adecuada, en trastornos de ansiedad o fobias.